Desde las elecciones del 28 de julio en Venezuela, la crisis parece haber entrado en una fase de calma en la que, bajo la superficie, se despliega una intrincada red de acuerdos y estrategias que determinarán el destino del país. El presidente Nicolás Maduro ha emergido de este proceso electoral con una fuerza inesperada, consolidando su poder en un escenario que ha cambiado sustancialmente en las últimas semanas. Esta situación no solo es resultado de las maniobras políticas internas, sino que responde también a un sutil reacomodo en el escenario internacional, donde actores como Estados Unidos, Rusia y China juegan un papel decisivo.
Uno de los aspectos más sorprendentes de la situación post-electoral en Venezuela es el aparente entendimiento que ha comenzado a gestarse entre Washington y Caracas, un desarrollo que podría sorprender a quienes se han acostumbrado a la confrontación abierta entre ambas naciones. Aunque el gobierno de Joe Biden ha continuado cuestionando la legitimidad de las elecciones del 28 de julio, su postura se ha moderado significativamente. Lo que antes era un claro respaldo al candidato opositor, Edmundo González Urrutia, se ha transformado en un llamado a la publicación de las actas de votación y al respeto de la voluntad popular.
Este cambio de tono en Washington no es casual. La administración Biden, consciente del peso que China y Rusia tienen en Venezuela, parece haber optado por una estrategia más pragmática, evitando confrontaciones abiertas que podrían resultar costosas e infructuosas. En lugar de ello, se ha preferido explorar un camino de entendimiento que, aunque no sea reconocido oficialmente, busca preservar los intereses estratégicos de Estados Unidos en la región sin desafiar directamente a las potencias que han garantizado la estabilidad del gobierno de Maduro.
La permanencia de Maduro en el poder no puede entenderse sin reconocer la influencia decisiva de Rusia y China. Estos dos gigantes han sido los principales sostenes económicos y militares de Venezuela, además de arquitectos de una estrategia internacional que ha permitido a Caracas resistir la presión de gran parte de la comunidad internacional. Tras las elecciones, tanto Moscú como Pekín se apresuraron a reconocer sin ambigüedades la victoria de Maduro, enviando un mensaje claro al resto del mundo sobre su posición inamovible en el tablero venezolano.
Este respaldo ha sido fundamental para que el gobierno de Maduro haya proyectado una imagen de legitimidad que, aunque cuestionada por muchos, tiene un peso significativo en la arena internacional. La rapidez y firmeza con la que Rusia y China reconocieron el triunfo electoral son indicativas de una estrategia calculada, diseñada para mantener su influencia en Venezuela y promover un escenario de estabilidad que beneficie a todas las partes involucradas, incluido Estados Unidos, aunque de manera más indirecta.
A medida que se acerca el 10 de enero, fecha en la que se espera que Maduro asuma formalmente su nuevo mandato, la pregunta es si esta calma se mantendrá o si estamos al borde de una nueva fase de tensión. Si los acuerdos tácitos entre Estados Unidos, Rusia y China siguen en pie, es probable que Maduro logre consolidarse en el poder, lo que supondría una normalización de facto de su gobierno en el escenario internacional. No obstante, la reciente orden de detención contra Edmundo González Urrutia, el candidato de la oposición, tiene el potencial de desencadenar protestas y actos de violencia que podrían comprometer seriamente la estabilidad del país.
La pasividad mostrada por líderes de la oposición como Henrique Capriles, Leopoldo López y Manuel Rosales desde el 28 de julio contrasta con la creciente presencia de María Corina Machado, quien parece decidida a acaparar toda la atención. Esta dinámica interna en la oposición podría profundizar sus divisiones, debilitando aún más su capacidad de hacer frente a un gobierno que, gracias al respaldo internacional, ha logrado mantenerse firme.
El futuro de Venezuela se define, en estos momentos, más por lo que no se ve que por lo que está a la vista. La calma aparente es el producto de un complejo entramado de entendimientos y acuerdos no declarados entre las principales potencias globales. En este contexto, Maduro ha logrado mantenerse no solo por su control interno, sino gracias a la influencia y respaldo de actores internacionales que ven en la estabilidad de Venezuela un objetivo compartido.
Lo que se juegue en los próximos meses dependerá de la capacidad del gobierno de Maduro para mantener a sus aliados internacionales comprometidos y de la habilidad de la oposición para reinventarse en un entorno donde las reglas del juego han cambiado drásticamente. La orden de detención contra Edmundo González Urrutia es un recordatorio de cuán frágil es la estabilidad actual. El desenlace de este proceso sigue siendo incierto, y solo el tiempo dirá si la estabilidad que hoy parece posible es real o solo una ilusión pasajera.
