Abinader, Maduro y Cabello: Reflexiones sobre un conflicto esteril.

En la historia reciente de América Latina, las crisis han sido oportunidades para que los actores políticos ejerzan un rol de mediación constructiva o caigan en la trampa de la confrontación. La relación entre República Dominicana y Venezuela, afectada por tensiones diplomáticas en los últimos meses, ejemplifica cómo las naciones pueden elegir caminos divergentes en su política exterior. 

A lo largo del tiempo, tanto países grandes como pequeños han demostrado que, cuando manejan su diplomacia con habilidad y prudencia, pueden influir en su entorno regional. En este contexto, la situación reciente entre Luis Abinader, Nicolás Maduro y Diosdado Cabello ilustra cómo la diplomacia de confrontación, aunque políticamente rentable a corto plazo, puede ser perjudicial para los intereses nacionales a largo plazo.

La República Dominicana, con una larga tradición de neutralidad y mediación en los conflictos regionales, ha desempeñado un papel clave en la facilitación de diálogos, especialmente en la política venezolana. En 2017, Santo Domingo se convirtió en el epicentro de negociaciones cruciales entre el gobierno venezolano y la oposición. Aunque esos diálogos no lograron resolver la crisis, resaltaron el valor de la diplomacia discreta y la moderación, pilares fundamentales de cualquier política exterior exitosa.

Tradicionalmente, nuestro país ha sido visto como un actor imparcial, un facilitador de soluciones. Este enfoque no solo protege nuestros intereses, sino que también nos ha ganado el respeto de otras naciones en América Latina y el Caribe. La verdadera esencia de la mediación reside en mantener la neutralidad mientras se crean oportunidades para que las partes en conflicto encuentren una salida viable. Sin embargo, con el reciente giro hacia la confrontación, este legado de moderación corre peligro.

Luis Abinader, al adoptar una postura confrontacional hacia Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, ha desviado a la República Dominicana del camino de neutralidad que históricamente ha seguido. Aunque pueden existir razones políticas internas que expliquen esta postura, desde el punto de vista de la política exterior, este movimiento conlleva riesgos considerables. La diplomacia de confrontación puede parecer atractiva al buscar reafirmar el liderazgo o fortalecer la posición del gobierno en el escenario internacional, pero rara vez produce resultados duraderos.

Al involucrarse en un enfrentamiento público con el régimen venezolano, Abinader arriesga alienar a otros actores clave en la región y perder la oportunidad de posicionar a la República Dominicana como un espacio neutral para construir una solución a la crisis venezolana. En lugar de desafiar abiertamente a Maduro, el país podría haber aprovechado su reputación de mediador y ofrecido nuevamente una plataforma para el diálogo.

La diplomacia efectiva suele desarrollarse fuera de la vista pública, en conversaciones privadas donde las partes pueden discutir sus diferencias sin la presión de los medios. En lugar de hacer públicas cada discrepancia o escalada de tensiones, los líderes más sabios resuelven sus problemas de manera discreta, evitando que las tensiones se agraven bajo la mirada internacional.

En este caso, Abinader podría haber adoptado una estrategia de diplomacia silenciosa. En lugar de enfrentarse abiertamente a Maduro y su gobierno, pudo haber utilizado los canales diplomáticos para transmitir sus preocupaciones de forma discreta. Esto no solo habría preservado la relación con Venezuela, sino que también habría permitido que la República Dominicana siguiera desempeñando un rol constructivo en la región. La habilidad de un líder radica en resolver problemas sin crear nuevos conflictos, especialmente en un contexto de crisis prolongada.

La política exterior debe servir, en primer lugar, a los intereses fundamentales de su propio pueblo, pero también debe tener en cuenta el equilibrio regional. En América Latina, donde las instituciones democráticas están bajo presión constante y las economías son vulnerables, la estabilidad regional es un bien preciado. Si bien los países más grandes como Brasil y México tienen un peso significativo, las naciones más pequeñas, como la nuestra, pueden desempeñar un papel clave en la mediación y creación de un entorno pacífico.

Un enfoque más equilibrado no solo habría fortalecido la posición de la República Dominicana en la región, sino que también habría contribuido a estabilizar la crisis venezolana. Las políticas que generan confrontación no resuelven los problemas; solo los postergan, y a menudo los agravan.

Los líderes que se enfocan en soluciones a largo plazo, aunque sean difíciles de lograr, son quienes dejan un legado duradero. Abinader, como cualquier líder en tiempos de crisis, tiene la oportunidad de corregir el rumbo. La historia aún no está escrita, y un retorno a la diplomacia puede restaurar la credibilidad y el rol histórico de la República Dominicana en la mediación internacional.

La diplomacia de confrontación rara vez conduce a un desenlace pacífico. Es más efectivo construir relaciones, incluso con quienes no compartimos puntos de vista. Si se maneja correctamente, la República Dominicana aún puede desempeñar un papel decisivo en la resolución de la crisis venezolana. Abinader tiene la oportunidad de sumarse a la tradición de los grandes mediadores o dejarse arrastrar por la corriente populista de la confrontación. La historia será la encargada de juzgar su decisión.

En el siglo XXI, el liderazgo no se trata de ganar batallas, sino de evitar que sean necesarias.

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