El asilo político de Edmundo González Urrutia en España, en plena crisis post-electoral venezolana, es un golpe devastador para las aspiraciones de la oposición. González, un diplomático de carrera que asumió el papel de candidato unitario tras la inhabilitación de María Corina Machado, aceptó un resultado electoral que él mismo había puesto en duda. Al hacerlo, debilitó no solo su posición personal, sino también el futuro de la oposición venezolana.
González no era un líder político convencional. Su candidatura fue el producto de un consenso frágil entre los sectores opositores, que necesitaban un sustituto para Machado. Sin embargo, su decisión de aceptar el asilo sin exigir concesiones significativas —como la liberación de presos políticos o la habilitación de Machado— ha dejado a la oposición en una situación de mayor vulnerabilidad. El chavismo ha salido fortalecido, mientras la oposición, al no haber obtenido nada a cambio de la rendición de González, se ha quedado sin opciones inmediatas.
El impacto de esta decisión no recae en el futuro de González, quien nunca buscó una carrera política prolongada. La verdadera afectada es María Corina Machado. La única esperanza de resurgir para ella, después de este revés, es la concesión del Premio Nobel de la Paz, que podría devolverle la visibilidad, aunque eso depende del azar.. Esta dependencia de factores externos refleja una constante debilidad en la estrategia de la oposición venezolana: confiar en fuerzas fuera de su control en lugar de construir una base sólida desde adentro.
La historia de la oposición ha estado plagada de apuestas por intervenciones externas o colapsos repentinos del chavismo. Sin embargo, la política real requiere más que optimismo: necesita estructura y estrategia. La capitulación de González, sin ningún tipo de contrapartida, refleja la incapacidad de la oposición para actuar de manera unificada y decidida en momentos críticos.
Por su parte, el gobierno de Maduro ha capitalizado esta situación sin necesidad de un esfuerzo considerable. La descomposición interna de la oposición refuerza su control, tanto en Venezuela como en la arena internacional. Con la oposición fragmentada y sin un liderazgo claro, el chavismo enfrenta menos resistencia y puede proyectar una imagen de estabilidad que le sirve en múltiples frentes.
La pregunta que surge ahora es clara: ¿qué sigue para la oposición? La salida de González deja un vacío, pero también una lección. La oposición no puede seguir dependiendo de figuras que, en los momentos decisivos, anteponen intereses personales. Necesita reformular su enfoque, reconstruir sus liderazgos y centrar su estrategia en la realidad política venezolana, no en el auxilio de actores externos.
El fracaso de González es el reflejo de una forma de hacer política que ha quedado obsoleta. Si la oposición quiere tener una posibilidad real de enfrentarse al chavismo, debe abandonar la dependencia de figuras transitorias y comprometerse con un proyecto de largo plazo que priorice la cohesión interna y la movilización de la ciudadanía. El camino hacia el cambio en Venezuela no pasa por premios ni foros internacionales; pasa por la construcción de un liderazgo fuerte, comprometido y presente en el terreno.
En conclusión, la retirada de González Urrutia simboliza el fin de una etapa para la oposición venezolana. Su capitulación abre una crisis que pone en peligro las aspiraciones de todo el movimiento opositor. La pregunta ya no es si la oposición puede recuperarse, sino si está dispuesta a hacerlo. Solo aprendiendo de este fracaso podrá comenzar a construir el camino hacia una verdadera renovación.
