Al traidor, Justicia Divina

La traición, ese acto oscuro que atraviesa el alma de quien lo comete, es sin lugar a dudas una de las manifestaciones más despreciables de la conducta humana. No por su dolor, no por su daño inmediato, sino por la vileza que envuelve cada uno de sus detalles. Traicionar no es un error casual, no es una equivocación fruto de la ignorancia o la pasión incontrolada. La traición, calculada y ejecutada en la sombra, es la expresión última de una voluntad que decide quebrantar aquello que nos sostiene como seres sociales: la confianza. Y es ahí donde el traidor merece el juicio más severo, porque decide actuar en la ruina del otro, decide ser verdugo en la penumbra, negándole al otro la oportunidad de defenderse, de protegerse.

En estos tiempos donde la traición se disfraza de pragmatismo y la lealtad es tildada de ingenuidad, resulta imprescindible recordar que no todos los que son traicionados son víctimas indefensas. Ser traicionado puede ser, de hecho, un reconocimiento a nuestra rectitud. Los que son objeto de traición a menudo son los que actúan de buena fe, los que se mantienen firmes a un ideal o a un vínculo, sin dobleces ni agendas ocultas. No hay en ello debilidad; al contrario, hay una dignidad que resiste, una certeza que no es quebrada ni siquiera por la vileza del traidor. Porque si algo es cierto, es que la traición revela más sobre quien la comete que sobre quien la sufre: nos muestra al traidor como una figura torcida, incapaz de sostener la palabra dada, una figura que no puede permitirse la transparencia porque es prisionero de sus propias sombras.

Pero el asunto no puede quedarse aquí, en una mera condena moral de los traidores. Es necesario hablar de la justicia, de esa justicia que el tiempo, con su implacable pasar, otorga a quienes han sido fieles, a quienes han sabido mantenerse íntegros. Y es aquí donde se asoma el concepto de justicia divina, no como un recurso metafísico que apunta a un paraíso o un infierno, sino como una forma de orden que trasciende nuestras limitadas leyes y nuestras aún más limitadas instituciones.

La justicia divina, en su forma más auténtica, es el tiempo que resarce el daño, que devuelve a cada quien aquello que merece, sea castigo o recompensa. Quien ha traicionado verá eventualmente cómo su acción se vuelve contra sí mismo, cómo el desprecio, la desconfianza y el aislamiento lo rodean. Porque al final, el traidor, por más astuto que sea, queda desnudo frente a la mirada implacable del tiempo, que tarde o temprano revela su verdadera naturaleza. La justicia divina actúa cuando las máscaras caen, y lo hacen siempre, sin excepción.

Antonio Escohotado, en su franca defensa de la venganza, hablaba de no dejar ninguna ofensa sin respuesta, como un deber que las personas de honor deben a sí mismas. No se trata aquí de una venganza primitiva ni de una vendetta sin sentido. Se trata, más bien, de la restitución de la dignidad, de la respuesta justa y proporcionada a una afrenta que nunca debió haberse permitido. Hay, en la respuesta al traidor, un acto de justicia que es necesario para restaurar el orden quebrantado. Si nos cruzamos de brazos ante la traición, no solo nos fallamos a nosotros mismos, sino también a la idea de justicia, a la necesidad de imponer un límite a los actos ruines. La venganza, en su forma más noble, no es otra cosa que el esfuerzo por restaurar un equilibrio que se ha visto dañado.

El traidor, que se siente poderoso en el momento de su infamia, no puede prever cómo el tiempo, con su marcha silenciosa e inapelable, lo reducirá a un ser despojado de honor y de respeto. Y así, sin épica ni drama, la justicia divina, esa justicia del tiempo que no perdona ni olvida, hace su trabajo, devolviendo a cada quien lo que se merece. Tal vez no siempre veamos esa justicia materializada ante nuestros ojos, pero podemos tener la certeza de que, en el tejido intrincado de las vidas humanas, cada traición tiene un precio, cada acto ruin encuentra su retorno.

La verdadera lección, entonces, es mantenerse firmes. No hay traición que pueda destruir la dignidad de quien decide no rendirse al odio ni al resentimiento. Al responder con justicia, al no dejar que el acto del traidor quede sin respuesta, nos permitimos mantener viva la llama del honor, esa virtud que tantos consideran anticuada y que, sin embargo, es la única capaz de rescatarnos de un mundo cada vez más repleto de cinismo y mezquindad.

La traición, además de ser un acto vil, es esencialmente un acto de cobardía. Quien traiciona no lo hace de frente, no sostiene su mirada con la del otro; prefiere actuar desde las sombras, en el silencio furtivo de la deslealtad. El traidor es incapaz de enfrentar los conflictos de manera honesta, y en su cobardía encuentra consuelo en la traición, como si pudiese esquivar las consecuencias de sus acciones. Pero llega el momento, invariablemente, en que la justicia divina alcanza a cada uno, y es entonces cuando el traidor se revela por lo que siempre ha sido: un ser temeroso, que llora de miedo ante la inevitabilidad de su destino. Sin la máscara de la traición, sin las sombras donde esconderse, el traidor huye como una rata, buscando refugio donde no lo hay, intentando evadir el juicio que él mismo se ha procurado. Y es en ese huir deshonroso donde se confirma su falta de honor, su debilidad intrínseca; porque el valor que nunca tuvo para ser leal tampoco lo tiene para asumir la justicia que, por fin, lo alcanza.

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