La reforma fiscal propuesta por el presidente Luis Abinader, lejos de representar la renovación que la República Dominicana necesita, confirma los malos habitos que han ralentizado el progreso del país durante décadas. Con el pretexto de aumentar la recaudación para cubrir necesidades urgentes, esta propuesta refleja la falta de visión estratégica del gobierno actual, incapaz de ofrecer un plan económico ambicioso y transformador.
Entre los pilares de la reforma destacan el aumento del impuesto sobre la renta y la expansión del ITBIS, ahora conocido como IVA. En lugar de ajustar su propio gasto, el gobierno opta por recurrir a viejas fórmulas que desincentivan el esfuerzo y la inversión. Este enfoque no es sorprendente, pero sí profundamente decepcionante.
Los economistas han advertido durante mucho tiempo sobre los peligros de asfixiar al sector productivo con cargas fiscales. Un país con impuestos elevados es un país donde la libertad económica está en riesgo. Y sin libertad económica, no hay crecimiento sostenible ni verdadera prosperidad. Al penalizar a quienes más producen y a la clase media esta reforma nos aleja de un sistema fiscal ideal: justo, simple y transparente, donde los impuestos son bajos y están diseñados para incentivar la inversión y el ahorro.
Uno de los puntos más desconcertantes de esta reforma es la afirmación de que el problema de la República Dominicana es que gasta poco en comparación con otros países de la región. Sin embargo, lo que este razonamiento omite es que el problema central no es cuánto se gasta, sino cómo se gasta. Nuestro país no sufre de falta de recursos, sino de una gestión deficiente de esos recursos.
Lo que Abinader debería proponer no es la búsqueda de más ingresos, sino un rediseño profundo de la fiscalidad y del gasto público, eliminando redundancias, combatiendo la corrupción y haciendo más con menos. Sin esta transformación, simplemente se perpetúa la ineficiencia que ha caracterizado al gasto público dominicano.
La reforma carece de una estrategia clara para reducir la dependencia del endeudamiento externo. En los últimos años, la deuda pública ha crecido a niveles alarmantes, y aunque la reforma pretende frenar este crecimiento, no ofrece soluciones reales al problema de fondo. El aumento de impuestos es solo un paliativo temporal que, sin un ajuste estructural del gasto, deja a la deuda como el mecanismo predilecto para financiar los proyectos del gobierno.
Esta situación es insostenible a largo plazo. La dependencia del crédito externo no solo compromete el futuro de las próximas generaciones, sino que también deja al país vulnerable a los vaivenes de la economía global. Un país verdaderamente libre y soberano no puede depender indefinidamente de la deuda. La solución está en controlar el déficit fiscal mediante un recorte masivo del gasto innecesario, algo que esta reforma, lamentablemente, ignora.
El ITBIS, ahora conocido como IVA, sigue siendo uno de los grandes errores de esta reforma. Este tributo, que afecta a casi todos los bienes de consumo, es un impuesto regresivo que golpea con mayor dureza a la clase media que verán erosionado su poder adquisitivo cada vez que compren bienes básicos.
Una verdadera reforma fiscal debería enfocarse en aliviar la carga de todos, no en hacerla más pesada. En lugar de expandir el IVA, el gobierno debería buscar formas de reducir los impuestos al consumo, mientras fomenta el crecimiento económico mediante incentivos a la inversión y el emprendimiento. Solo así podríamos construir una sociedad en la que los ciudadanos no se sientan ahogados por impuestos indirectos, sino empoderados para mejorar sus vidas a través de su propio esfuerzo.
El mayor defecto de esta reforma es que carece de vision, sentido y propósito a largo plazo. En lugar de estar diseñada para transformar la economía dominicana y acercarla a los estándares de la OCDE, este proyecto se enfoca únicamente en aumentar la recaudación de forma inmediata. Sin un plan coherente para promover la competitividad y liberar el potencial del sector privado, el país sigue atrapado en un ciclo de aumento de impuestos y estancamiento económico.
La verdadera reforma que la República Dominicana necesita no es una que simplemente busque más dinero. Lo que hace falta es una que reduzca el peso del Estado sobre los ciudadanos y libere al sector privado para que sea el motor del desarrollo. Una reforma fiscal orientada al futuro debe priorizar la reducción de la intervención estatal, eliminar las barreras regulatorias que asfixian a las empresas y fomentar un entorno de negocios donde la libertad económica sea el principio rector.
Con su reforma fiscal Abinader pretende saciar la sed bebiendo Coca Cola. En lugar de ofrecer un proyecto ambicioso y transformador, capaz de llevar a la República Dominicana hacia un futuro de prosperidad y competitividad, esta propuesta aumenta la carga sobre los ciudadanos productivos y perpetúa un modelo de Estado costoso e ineficiente. Si realmente queremos un país con futuro, la solución no es más impuestos ni más deuda, sino menos Estado y más libertad. Solo así podremos construir una República Dominicana próspera, digna de sus ciudadanos y capaz de competir en el escenario global.
