El OCASO DEL IMPOSTOR

En su novela “El Impostor”, Javier Cercas desentraña con maestría el caso de Enric Marco, un hombre que vendió una versión heroica de sí mismo como sobreviviente de los campos nazis, solo para terminar desenmascarado como un farsante que manipuló las expectativas colectivas. Mientras leía esta fascinante obra no pude evitar trazar un paralelo inevitable: Luis Abinader es, en esencia, otro Enric Marco. Ambos son maestros del disfraz que han logrado camuflarse bajo el velo de la honestidad y el compromiso social, para luego revelar un trasfondo de engaños, manipulación y torpeza.

Cercas explora cómo Marco aprovechó la necesidad social de héroes y víctimas. La España post-franquista buscaba figuras ejemplares para construir una memoria histórica que reconciliara al país con su pasado. Marco ocupó ese vacío, adornando su propia mediocridad con la épica del sufrimiento. De manera análoga, Abinader emergió como la figura que vendió la ilusión de una nueva política, prometiendo honestidad, transparencia y progreso.

Detrás de cada impostor siempre hay un vacío insondable. Marco era un burgués anodino con necesidad de reconocimiento, y Abinader, lejos de ser el líder visionario que prometía, ha demostrado ser un político torpe, más preocupado por cuidar las apariencias que por transformar la realidad.

Cercas expone en su obra que Marco no era simplemente un mentiroso, sino un creador de relatos, un hombre obsesionado con construir una versión heroica de sí mismo porque la versión real no le bastaba. De la misma forma, Abinader ha construido su liderazgo sobre relatos prefabricados, más ficción que política. En sus discursos, Abinader se presenta como un hombre honesto e incorruptible, comprometido con el bienestar de su pueblo. Pero basta escarbar un poco en su gobierno para descubrir que esas promesas eran solo una fachada. La corrupción sigue viva, las reformas no llegan, y los escándalos se acumulan en silencio, esperando el momento adecuado para explotar.

Ambos impostores comparten algo más profundo: la manipulación del deseo colectivo. Marco manipuló el anhelo de los españoles por reconciliarse con su historia, y Abinader ha manipulado la necesidad dominicana de creer en un líder distinto. Pero Cercas nos advierte que los relatos falsos siempre colapsan, y cuando lo hacen, el impostor queda expuesto, despojado de su disfraz, desnudo ante la historia.

En la novela de Cercas, la caída de Marco fue brutal. El hombre que había sido venerado como un héroe antifascistase convirtió en un paria social en cuestión de días. Su nombre, una vez sinónimo de integridad, quedó marcado como el del gran embustero, alguien que traicionó la memoria de las víctimas reales para alimentar su propia vanidad. Es imposible leer “El Impostor” sin imaginar que el destino de Abinader será similar. Su gobierno, sostenido en gran parte por promesas vacías y una narrativa cuidadosamente construida, comenzará a desmoronarse cuando la realidad termine por perforar las mentiras.

Los primeros signos del desgaste ya son visibles. La economía se tambalea, la corrupción permanece intacta bajo nuevas ropas, y el descontento social crece. Como en la historia de Marco, los dominicanos descubrirán que el líder al que confiaron su esperanza no era más que una ilusión. No habrá épica, ni redención posible para un gobernante que basó su mandato en prometer un país que nunca tuvo la intención real de construir.

Javier Cercas, con su estilo incisivo y reflexivo, nos deja una lección clara: los impostores no sobreviven a la verdad. Cuando sus mentiras finalmente se revelan, lo único que queda es el vacío. Enric Marco murió socialmente mucho antes de su muerte biológica. Su legado no fue el de un luchador antifascista, sino el de un impostor atrapado en su propia trampa. De la misma forma, el legado de Abinader será el de un hombre que, en lugar de gobernar con hechos, lo hizo con ilusiones.

El día que la República Dominicana despierte del espejismo, Abinader será recordado no como el hombre que cambió el país, sino como el que lo engañó. Su gobierno será un pie de página más en la historia de líderes que vendieron un sueño que nunca tuvieron la intención de cumplir. Así como Marco quedó marcado para siempre por su impostura, Abinader será recordado como el impostor que gobernó a punta de promesas vacías, dejando tras de sí un país aún más decepcionado y desconfiado.

Cuando las luces de su mandato se apaguen, no habrá aplausos ni elogios finales. Como Marco, Abinader terminará solo, con su imperio de mentiras derrumbado y condenado al olvido. El espejismo que hoy lo sostiene se disolverá, dejando solo el eco de lo que pudo ser y nunca fue: una oportunidad perdida, una farsa que el tiempo, implacable, acabará por sepultar.

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