Carlos pimentel: Una peligrosa estratagema.

Desde su llegada al poder, Luis Abinader ha demostrado que su gestión no se sostiene en la eficiencia, sino en la habilidad para distraer, desviar y, cuando es necesario, engañar. La reciente designación de Carlos Pimentel, exdirigente de la sociedad civil, como director de Compras y Contrataciones y simultáneamente de Alianza Público-Privada es el último acto en una serie de maniobras. Lejos de ser una decisión administrativa, este episodio parece una ópera bufa diseñada para confundir a la opinión pública y darle a la oposición una distracción conveniente, mientras Abinader recupera el aliento y refuerza su imagen de líder honesto.

La controversia sobre la compatibilidad de los cargos de Pimentel ha acaparado titulares, desviando la atención de los verdaderos problemas del país. La carta del consultor jurídico del Poder Ejecutivo, cuestionando la legalidad del nombramiento, es un artificio más en este teatro político, una maniobra que prolonga el espectáculo y mantiene a todos ocupados. Mientras la oposición se enfoca en cobrar cuentas pendientes a Pimentel, Abinader avanza sigilosamente con su agenda oculta y mitiga el desgaste que ha sufrido su gobierno.

Este episodio no es aislado; responde a un patrón claro en la trayectoria de Abinader. Durante la pandemia, su anuncio de haber contraído COVID-19 coincidió con una controversia que lo vinculaba al uso de un helicóptero perteneciente a un narcotraficante. El diagnóstico, lejos de perjudicarlo, le generó empatía y evitó preguntas incómodas. Del mismo modo, la movilización militar en la frontera con Haití, sincronizada con el anuncio de la Alianza Rescate RD por la oposición, proyectó una sensación de control en un momento crítico, desactivando la amenaza política.

Estas tácticas, sin embargo, no son sostenibles. Repetirlas de forma constante erosiona la confianza pública, y cuando la ilusión se rompe, lo que queda es una sensación de traición. La manipulación sistemática no solo desgasta la credibilidad del gobierno, sino que mina las bases de la democracia. El descontento acumulado puede desatarse de forma imprevisible, y la ira de un pueblo que se descubre engañado puede tener consecuencias devastadoras.

La situación económica del país es cada vez más precaria: la inflación golpea los bolsillos, el empleo escasea, y las reformas prometidas siguen sin materializarse. En este contexto, las distracciones tienen un alcance limitado. El verdadero peligro para Abinader no proviene de la oposición, sino de una ciudadanía que, tarde o temprano, despertará y exigirá cuentas. La paciencia tiene un límite, y cuando se agota, los pueblos suelen reaccionar con una fuerza imparable.

La oposición debe evitar caer en la trampa que ha tendido el gobierno. Dedicar todas sus energías al caso Pimentel sería un error estratégico, exactamente lo que Abinader busca: mantener el debate en un terreno secundario mientras su administración avanza con su agenda sin contratiempos. La batalla real está en exponer las maniobras del presidente y centrar la discusión en los problemas estructurales del país: el deterioro económico, la inseguridad y la corrupción.

Gobernar no es una ilusión permanente. La confianza pública es un recurso valioso, pero frágil. Los líderes que basan su poder en artificios y engaños siempre terminan enfrentando las consecuencias. Abinader haría bien en recordar que los pueblos no perdonan la manipulación, y cuando la confianza se quiebra, no hay estratagema que valga.

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