LA DEMOCRACIA: UN ALLANTE NECESARIO.

En nuestros tiempos, vivimos en la devoción casi religiosa de la democracia. Como sistema, la democracia ha conquistado las mentes y los corazones de todos los países que desean el progreso, o al menos la apariencia de él. Sin embargo, ¿qué es realmente la democracia sino un elaborado “allante”? Una representación tan teatral como humana, que cumple con el único propósito de garantizar que no seamos gobernados mejor de lo que merecemos. Y eso, al contrario de lo que podría pensarse, no es un defecto sino un atributo esencial de la democracia. No es un proceso de redención para la humanidad; más bien, es la aceptación implícita y casi cínica de la limitación inherente de los seres humanos.

El hombre, dejado a sus instintos más básicos, es anárquico, inclinado a “cagar fuera del cajón”, como diríamos en un tono irónico. La democracia es ese cajón imaginario donde contenemos, o creemos contener, nuestras tendencias caóticas y nuestros impulsos más bajos. Es un sistema que, aunque aclamado como el pináculo del desarrollo político, refleja más nuestras debilidades y limitaciones que nuestras virtudes. Su grandeza reside no en su capacidad para elevarnos, sino en su profunda resignación a lo que somos: imperfectos, contradictorios, y a menudo irracionales.

Pensadores de todos los tiempos han alimentado la ilusión de que la democracia es un puente hacia una humanidad mejorada. No obstante, esa visión optimista es esencialmente una falacia. Nos gusta pensar que la democracia convierte a las sociedades en entes virtuosos y que eleva la moral de los pueblos. Pero basta con ver a las grandes democracias modernas para darnos cuenta de que, en realidad, el sistema sólo refuerza y normaliza nuestras limitaciones. Si no estamos peor, no es por virtud de la democracia, sino porque ella misma impone barreras y límites que previenen desbordes siniestramente naturales en el ser humano. La democracia nos asegura que nuestros gobernantes no serán, en esencia, mejores ni peores que nosotros mismos.

El filósofo Edmund Burke sostenía que las democracias podían terminar, irónicamente, en “la tiranía de las mayorías.” Esta sentencia es en realidad una muestra del genio de la democracia, pues como bien sabemos, las mayorías rara vez actúan desde la razón y el altruismo. Por el contrario, suelen dejarse guiar por pasiones, resentimientos y deseos primarios, lo que hace que en la práctica estemos gobernados por el más común de los denominadores. Pero, ¿es eso un error? Quizás la democracia, con todo su allante, no pretende otra cosa que permitirnos vernos reflejados en nuestros líderes. En ellos reconocemos nuestras virtudes, pero también nuestros defectos, nuestras limitaciones y, sobre todo, nuestra imposibilidad de elevarnos más allá de nosotros mismos.

Por ende, resulta claro que la democracia no es una vía de transformación. No nos lleva a la utopía ni a una era de oro; al contrario, nos devuelve al barro de nuestra propia naturaleza, aceptando que los seres humanos sólo podemos llegar hasta cierto punto y que, llegado ese punto, todo avance es una simple ilusión, un maquillaje para ocultar el rostro imperfecto de nuestra humanidad. Nos guste o no, la democracia no es sino un teatro en el que todos actuamos, de acuerdo con roles preconcebidos, para perpetuar un sistema que garantiza no ser gobernados mejor de lo que nos merecemos.

Para la democracia, este “allante” no es un error a corregir, sino un triunfo. La democracia triunfa, en última instancia, porque se acomoda a nuestra verdadera naturaleza, acepta que no damos para más, y evita el riesgo de líderes visionarios o mesiánicos que, en su afán de “mejorarnos”, acaban imponiendo sobre la sociedad su versión particular de la virtud o del progreso. En lugar de eso, nos da líderes que son un reflejo nuestro: complejos, contradictorios y limitados.

Así, la democracia puede ser vista no como una aspiración hacia el ideal, sino como una rendición a lo humano, a lo que somos en nuestros instintos más profundos. Y lejos de ser trágico, ese realismo brutal es quizás su mayor fortaleza, la base sobre la cual construimos sociedades imperfectas pero sorprendentemente estables, donde el “allante” sirve para mantener en funcionamiento una maquinaria que evita que los seres humanos cometamos errores irremediables. La democracia, pues, es lo que merecemos, y mientras no pretendamos ser mejores de lo que realmente somos, probablemente sea lo mejor que tengamos.

Deja un comentario