¿DERECHA? ¿IZQUIERDA? ¿EN EL SIGLO XXI? ¿EN SERIO?

Las categorías de derecha e izquierda han moldeado la política desde la era industrial, estableciendo ideas sobre el poder, la economía y la justicia social. Sin embargo, las transformaciones tecnológicas de nuestro tiempo imponen una pregunta urgente: ¿siguen siendo estas ideologías útiles para responder a los desafíos actuales? Ante la inteligencia artificial, las criptomonedas, la edición genética y la libertad en internet, parece evidente que las divisiones tradicionales ya no ofrecen soluciones efectivas para el mundo de hoy.

El primer desafío es la inteligencia artificial (IA), que transforma el concepto de trabajo y redefine la economía misma. Mientras la derecha se ha inclinado por un mercado sin intervenciones y una productividad basada en la eficiencia, la izquierda aboga por la regulación estatal para proteger los derechos laborales y la distribución equitativa de la riqueza. Pero la IA, capaz de reemplazar trabajos humanos, desestabiliza ambas posturas. ¿Cómo defiende la derecha la dignidad del trabajo si la producción puede depender cada vez menos de los seres humanos? ¿Cómo protege la izquierda a los trabajadores sin obstaculizar el avance de una tecnología que promete eficiencia y crecimiento? Este dilema no encuentra respuesta en el espectro ideológico tradicional, sino que exige nuevos enfoques que prioricen la colaboración humano-máquina, la revalorización del trabajo y, quizá, un ingreso básico universal.

La edición genética plantea un dilema igual de profundo: la posibilidad de manipular la vida misma, erradicando enfermedades y, en algunos casos, “mejorando” a los individuos. Por un lado, la derecha podría ver en esta tecnología una oportunidad de perfeccionamiento humano; por otro, la izquierda podría temer que amplíe aún más las desigualdades sociales. ¿Qué sucedería si solo una élite pudiera costear mejoras genéticas? ¿Seria justo desaprovechar las ventajas de la edición genética solo porque no pueda llegar a todos por igual? Este ámbito demanda un marco ético que trascienda la economía y aborde los derechos humanos en un contexto donde el control sobre la biología redefine el significado de igualdad.

El auge de las criptomonedas y la tecnología blockchain plantea, a su vez, una redefinición de la soberanía económica. La criptomoneda permite intercambios sin intermediarios, con transparencia casi absoluta, ideal para quienes desconfían del control estatal. Esto podría seducir a la derecha, mientras que la izquierda teme su capacidad para esquivar la regulación y dificultar la redistribución de la riqueza. No obstante, el dinero digital, inevitablemente, pone en entredicho los principios clásicos de control financiero y propiedad; su adopción exige una visión que reconsidere el papel de la economía en la vida ciudadana, algo que ni la derecha ni la izquierda han podido abordar con plenitud.

Finalmente, la libertad en internet y la censura en la red representan un campo donde ambas ideologías se enfrentan a sus propias paradojas. En teoría, tanto derecha como izquierda defienden la libertad de expresión y el acceso a la información, pero en la práctica, gobiernos de izquierda, bajo la premisa de evitar la desinformación, promueven la censura de contenido, mientras ciertos sectores de derecha alzan la bandera de una internet sin restricciones. Esta inversión de roles revela que ni la libertad ni el control encajan ya en el espectro ideológico clásico. ¿Debe el Estado regular internet? ¿Quién decide qué contenido es perjudicial? La verdadera cuestión no es si regular o no, sino cómo garantizar que esa regulación sirva al bien común, sin favorecer intereses partidistas o corporativos.

Estos temas plantean un horizonte en el que derecha e izquierda, como las conocemos, parecen superadas. Desafíos transnacionales, tecnológicos y éticos requieren respuestas que trasciendan los marcos heredados de la era industrial, diseñados para abordar el control económico, la seguridad y el bienestar social en términos tradicionales. A medida que los problemas tecnológicos ganan predominancia, la política necesita una transformación profunda: una era “post-ideológica” en la que la política no se defina por la dicotomía entre intervención estatal y mercado libre, sino por su capacidad de enfrentar la complejidad de un mundo interconectado.

La revolución digital exige una plasticidad ideológica inédita, que valore la colaboración, la ética y la justicia en un contexto global e hiperconectado. Este tipo de respuesta podría nacer de una convergencia pragmática, basada en evidencia y en un compromiso con el bien común.

La política de los próximos años deberá construir nuevas categorías conceptuales que combinen ética, ciencia y tecnología con una visión política capaz de evolucionar con el cambio acelerado de los tiempos. Las ideologías de derecha e izquierda han servido como guías durante mucho tiempo, pero sus respuestas son insuficientes para enfrentar la complejidad del siglo XXI. Estamos en la antesala de una nueva era, que demanda valentía para imaginar una política que no se limite a etiquetas simplistas, sino que se atreva a diseñar un sistema donde tecnología y humanidad puedan coexistir de manera armoniosa y justa, capaz de reconocer y gestionar las contradicciones del ser humano en un mundo que ha cambiado para siempre.

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