Hace algunos meses, estaba seguro de que Han Kang era una autora que no volvería a leer. Había intentado con su novela La clase de griego y fue uno de esos libros que uno olvida con rapidez. Pero entonces ganó el Nobel y Janet Camilo, me pasó La Vegetariana, su obra más reconocida. Sin mayores expectativas, comencé a leer esta historia a la que acompañaba una introducción que intentaba darle un tinte feminista, interpretación que, al leerla, se disipa como humo.
La Vegetariana es la historia de Yeonghye, una mujer que decide dejar de comer carne y se sumerge en un aislamiento profundo, como si ese acto de rechazo a lo primitivo la encaminara hacia su propio abandono. “Cuando alguien cambia de un modo tan tajante, no hay más remedio que seguirle la corriente”, describe Han Kang, y con esta frase encapsula el punto de partida de su narrativa: la protagonista se aparta de la normalidad, no para reivindicar una causa o desafiar a la sociedad, sino para desprenderse de sí misma y de todo lo que la rodea. Esta no es una novela de liberación femenina, aunque sus personajes masculinos proyecten esa imagen de opresión y abuso; es, más bien, una profunda alegoría sobre la ruptura interna y el desajuste de la vida humana.
En la novela, Han Kang plantea una tensión sutil entre el instinto de supervivencia y el rechazo a este: “El comer carne es un instinto. El ser vegetariano es ir en contra del instinto. No es natural”. Yeonghye elige privarse de aquello que simboliza el acto más primitivo de todos: alimentarse. Es un acto tan simple como radical, y, a través de él, Kang convierte lo cotidiano en un símbolo de disociación, en un espacio donde lo humano comienza a perderse en la indiferencia. La protagonista se torna cada vez menos humana y más etérea, vinculándose simbólicamente con la naturaleza en una comunión que ella misma describe: “Todos los árboles del mundo me parecen mis hermanos”. Este vínculo, esta conexión visceral con lo vegetal, es en sí misma una paradoja: Yeonghye busca la paz, pero encuentra la desintegración de su propia identidad.
Esta novela, como las obras coreanas más emblemáticas, construye un universo cerrado, un espacio donde el lector es testigo de una vida fracturada. “El tiempo, que es un torrente ecuánime hasta la crueldad”, nos dice Kang en una de sus frases más lúcidas, una imagen que refleja esa impasibilidad de la vida, que sigue adelante a pesar de las tragedias individuales, indiferente ante aquellos que se ven arrojados a la deriva. Y en ese tiempo, indiferente y sin compasión, se despliega la vida de Yeonghye y de quienes la rodean. La autora describe una sociedad en la que se come, se bebe, se sigue viviendo tras el horror, y, como señala un personaje, a veces incluso se ríe “a carcajadas” después de los hechos más terribles.
Pero si la novela se limita a exponer el absurdo de la vida, su valor sería limitado. La Vegetariana va más allá al tocar un nervio que se extiende a la esencia misma del ser humano: “Tu propio cuerpo es lo único a lo que le puedes hacer daño. Es lo único con lo que puedes hacer lo que quieres”. Esta frase es el centro de la novela. Aislada en un mundo interior que ya no puede compartir con otros, Yeonghye decide usar su cuerpo como el último reducto de su libertad, y en ese proceso se destruye. Sin embargo, lejos de la catarsis, el lector queda en suspenso, atrapado en un vacío, en un estado de alienación tan perturbador como atrayente.
Para una autora como Han Kang, cuya carrera es aún breve, La Vegetariana es un logro significativo, pero ¿merecía acaso el Nobel? La prosa es exquisita, las imágenes son potentes y perturbadoras, y, sí, la tensión está bien administrada. Sin embargo, ¿es esto suficiente para estar a la altura de un Nobel? La pregunta persiste mientras los críticos buscan en la obra de Kang una “voz” que todavía se siente incompleta, como si el galardón viniera más a celebrar una agenda que a consagrar una obra verdaderamente universal.
El Nobel debería reconocer la grandeza literaria, la obra que nos habla a todos y que perdura. La tragedia individual, la ruptura del ser, la alegoría de Yeonghye atrapada entre la humanidad y la vegetalidad son temas poderosos, pero ¿trascienden más allá de la anécdota? ¿O es la Academia quien busca ahora premiar el “mensaje” correcto, otorgando reconocimientos a autores que, como Han Kang, aún no alcanzan el peso literario para semejante honor? Al final, La Vegetariana nos recuerda que el lector es el verdadero intérprete de la historia, quien le da significado, y, en ese sentido, Han Kang ha creado una novela intrigante, aunque, en mi opinión, no extraordinaria.
Queda en el aire el escepticismo de si el Nobel debe guiarse por la genialidad literaria o por las causas sociales. En este caso, por muy relevante que sea el tema, la obra aún no tiene la talla de los grandes maestros. Para Han Kang, la misión de construir esa obra extraordinaria está apenas comenzando, pero hasta entonces, el galardón parece, siendo indulgentes, prematuro.
