Un sábado en la tarde, decidí enfrentar una experiencia que, en República Dominicana, es casi un deporte extremo: acudir al cine. La película Wild Robot me llamó, no tanto por su promesa de entretenimiento, sino por lo que su trama auguraba. Imaginé una reflexión incisiva sobre el porvenir de nuestra especie en coexistencia con los robots humanoides, esos artefactos que en breve serán tan comunes como los teléfonos móviles en nuestros bolsillos. Sin embargo, encontré una fábula de buena factura técnica, pero tan endulzada y predecible que parecía diseñada para el escapismo fácil de un público que no quiere complicaciones, solo risas y lágrimas.
La premisa era poderosa: un robot humanoide cae en una isla habitada únicamente por animales. Dotado de inteligencia diseñada para interactuar con humanos, la criatura se enfrenta al desafío de adaptarse a un entorno nuevo, donde debe aprender el lenguaje y las dinámicas de la fauna local. Con el tiempo, logra integrarse, enseña a los animales a convivir en paz y encuentra una suerte de amor absurdo —y francamente ridículo— con un zorro. Más extravagante aún, desarrolla un amor maternal por un ganso discapacitado. Aquí es donde la película cae víctima de su propia cursilería: en lugar de adentrarse en el terreno filosófico y práctico de la convivencia entre humanos y máquinas, opta por el camino trillado de las emociones fáciles, olvidando que su verdadero potencial residía en su capacidad de incitar preguntas, no de ofrecer respuestas edulcoradas.
Mientras el filme transcurría, esquivando a duras penas el bullicio de los espectadores dominicanos —que asumen el cine como un espacio social más que cultural—, mi mente derivó hacia el horizonte que Wild Robot prometió explorar, pero abandonó. ¿Qué significará, realmente, convivir con robots humanoides? En las primeras décadas de su incorporación masiva, estas máquinas estarán diseñadas para asistirnos en tareas rutinarias, ofrecer compañía a los ancianos, incluso cuidar a niños.
Pero, ¿qué sucede cuando fallan? Un robot que cuida a un enfermo crónico podría, por un desperfecto técnico, convertirse en un riesgo letal. ¿Cómo evitaremos que estas criaturas sean hackeadas y transformadas en herramientas del crimen, o peor aún, en armas? ¿Qué papel jugarán en conflictos humanos? Si una familia discute violentamente frente a su robot, ¿intervendrá la máquina para proteger a su dueño? Y si lo hace, ¿a qué costo?
Más inquietante aún es imaginar el lado oscuro de esta tecnología: ¿qué impide que una mente perversa con suficientes recursos cree una banda de robots criminales? El cine ha jugado con estas ideas en filmes como I, Robot o Ex Machina, pero siempre desde la distancia de la ciencia ficción. Sin embargo, la realidad avanza a un ritmo vertiginoso, y esas preguntas dejarán de ser hipotéticas más pronto de lo que pensamos. En lugar de estimular estas reflexiones, Wild Robot elige refugiarse en la fantasía y el sentimentalismo, privándonos de la oportunidad de confrontar los desafíos y dilemas éticos que definirán nuestra relación con las máquinas.
El cine, como toda forma de arte, tiene la capacidad de iluminar los rincones oscuros del futuro, de prepararnos para lo inevitable. Pero cuando abdica de ese rol en favor de la banalidad, traiciona su propia razón de ser. Wild Robot pudo ser un puente hacia las preguntas urgentes que debemos hacernos sobre nuestra coexistencia con los robots humanoides, pero se conformó con ser una fábula sentimental. No es la primera vez que Hollywood elige el camino fácil, ni será la última, pero es una lástima que, en un momento en que tanto necesitamos un debate profundo sobre la revolución tecnológica que ya nos envuelve, una película que prometía tanto haya optado por dar tan poco.
El público infantil, a quien claramente se dirige este filme, enfrentará en su adultez un mundo donde los robots humanoides serán parte integral de la sociedad. Necesitamos historias que los preparen para ese desafío, no que los adormezcan con sueños de fantasía.
Fascinado por la irrupción de Tesla Optimus y sus promesas de automatización, confieso que acaricio un sueño muy personal: vivir mi vejez acompañado por robots que me permitan dedicarme a lo que disfruto más —leer, escribir, viajar y reflexionar— sin la injerencia del bullicio humano. ¿Habrá mayor lujo que una máquina infatigable que cocine, limpie y resuelva las pequeñas molestias de la cotidianidad, dejando a mi mente libre para vagar por los paisajes de la literatura, la historia, la política, la ciencia y la filosofía? Sin embargo, ese sueño también viene cargado de incertidumbres. ¿Qué pasará cuando las máquinas no solo ejecuten nuestras órdenes, sino que tomen decisiones por nosotros? ¿Qué tipo de relación se forjará entre el hombre y la máquina cuando esta última supere nuestra capacidad intelectual?
El tiempo tendrá la respuesta.
