LA RACIONALIDAD: UNA ARROGANTE ILUSIÓN.

Los seres humanos somos criaturas de ilusiones; construimos, con esmero y devoción, mundos ficticios que nos ofrecen respuestas satisfactorias, justificaciones sólidas, y explicaciones decorosas para nuestras decisiones. Nos gusta pensar que detrás de cada acto existe una reflexión profunda, un «porqué» meditado que nos guía. Sin embargo, ¿es esto cierto? ¿No será que la reflexión es, en la mayoría de los casos, una justificación tardía que inventamos para explicar lo que ya hemos hecho? La idea de una racionalidad previa y calculada parece una fantasía más, otro cuento que nos contamos para domar el caos y dar coherencia a una existencia que, en su esencia, es imprevisible.

La mayoría de nuestras decisiones ocurren al vuelo, y solo después intentamos construir una narrativa para entenderlas. El ser humano, impulsado por sus deseos e impulsos, suele actuar antes de pensar. Esta tendencia a justificar nuestras decisiones a posteriori responde a una necesidad casi compulsiva de orden. Necesitamos creer que existe un hilo lógico en nuestras vidas, un orden secreto que da sentido a los actos y evita que sucumbamos al absurdo. En este sentido, la razón no antecede al acto; llega después, buscando dotarlo de lógica, maquillando lo que fue un impulso irracional, un deseo súbito, con las palabras de la coherencia.

Dostoyevski, que escarbó en lo más oscuro de la psicología humana, sugirió que muchas veces actuamos en contra de lo que dictaría la razón solo para demostrar nuestra libertad. Este fenómeno, paradójicamente, muestra una contradicción de nuestra naturaleza: nos rebelamos contra la lógica para sentirnos libres, pero inmediatamente después tejemos una narrativa que nos permita entendernos dentro de un esquema racional. Este juego de autoengaño es parte de nuestro ser, una pieza fundamental de nuestra identidad. Somos criaturas que se justifican, no tanto por una vocación de verdad, sino por una imperiosa necesidad de estabilidad y sentido.

Esa justificación pospuesta se convierte, de hecho, en un tipo de “jugar a ser Dioses”: pretendemos ser los arquitectos omnipotentes de nuestros destinos. A través de nuestras explicaciones, nos colocamos en el centro de una obra cuya trama, supuestamente, respondemos a propósito, y donde las decisiones están guiadas por algún designio profundo y sagrado. Pero, ¿no es acaso esta omnipotencia una ilusión reconfortante? ¿No es otra ficción que inventamos para lidiar con la insoportable carga de la incertidumbre? Si somos francos, reconoceremos que nuestra libertad no se demuestra en esa justificación sino en el propio acto de asumir que hemos actuado sin una razón explícita, que, como actores en una obra improvisada, dependemos del guion que inventamos después de cada acto.

Aquí es donde surge la paradoja de nuestra existencia: al crear explicaciones para nuestras acciones, terminamos atrapados en nuestras propias ficciones. Decimos “así soy yo”, “esto es lo que quise hacer”, y construimos una identidad a partir de estas justificaciones. Y en ese proceso, nuestras decisiones –marcadas más por la necesidad de coherencia que por una lógica rigurosa– nos definen, no tanto porque reflejan nuestro verdadero ser, sino porque conforman la narrativa a la cual nos apegamos. De esta manera, el ser humano, lejos de ser una criatura de razón y verdad, se convierte en una especie de actor en una obra improvisada donde la libertad está matizada por la ficción que nos imponemos.

Cabe preguntar si esta «libertad» es, en realidad, una herramienta de supervivencia. Al crear justificaciones a posteriori, evitamos hundirnos en el vacío existencial, en el absurdo de una vida que se nos escapa. Inventamos un guion coherente, no tanto para ser libres, sino para no desaparecer en la inmensidad de lo inexplicable.

Quizás la única libertad auténtica es aceptar el absurdo y convivir con él, sin necesidad de buscarle un sentido absoluto. Abrazar el misterio de nuestra existencia sin intentar imponerle una explicación tranquilizadora es, tal vez, el acto de lucidez y dignidad más profundo que nos queda. Dejar de buscar razones y asumir que no somos arquitectos omnipotentes de nuestro destino podría darnos la paz que tanto anhelamos.

Al final, la vida es una danza delicada entre el absurdo y la búsqueda de sentido. En ese vaivén, cada uno, en su individualidad, debe reconciliarse con su propio juego de ficciones, aceptando que no todos los actos necesitan una razón para ser y que, a veces, el mayor acto de libertad consiste en no explicar lo inexplicable.

Deja un comentario