Hacía más de treinta años que no pisaba una sala de cine en los Estados Unidos. La última vez fue en 1992, y desde entonces he asistido a funciones en nuestro país, donde la audiencia, en su mayoría, acude a comer palomitas, beber refresco, hacerse selfies y a comentar de manera imprudente en plena proyección de la película.
Esta vez, acudí al AMC Theatre de la calle 66 de Manhattan, un martes cualquiera a la 1:30 de la tarde, donde, sin demasiadas expectativas, había decidido ver Cónclave, la adaptación de la novela homónima de Robert Harris. Creí que encontraría una sala vacía, o en el peor de los casos, con una audiencia dispersa. Después de todo, ¿quién estaría interesado en el proceso de elección de un Papa en un mundo tan ajeno a estos temas? Pero me equivocaba: la sala estaba llena y, lo más asombroso, los asistentes guardaban un silencio reverencial, como si estuvieran ante algo trascendente.
Cónclave es una obra cuidada, sin duda, en la que Harris se adentra con respeto en el ritual y la solemnidad de la Iglesia Católica. Pero en el libro, esa exploración es a menudo políticamente correcta, y Lomeli —personaje que en la película se convierte en el cardenal Lawrence— cae, en ocasiones, en lugares comunes. Como narrador, Harris es magistral en el manejo de la tensión, pero la novela pierde fuerza en sus últimos capítulos, como si la verosimilitud, esa cuerda tan delicada, se le escapara de las manos. Su estructura, aunque convencional, está bien lograda, y los personajes poseen una dignidad y una solidez rara en los tiempos que corren.
Mientras veía Cónclave, mis pensamientos comenzaron a divagar hacia la fe y la institución que representa. Creo en Dios, aunque mis convicciones son, a menudo, más inciertas que firmes; podría definirme como un agnóstico con tendencia a creer. Y, sin embargo, no tengo dudas de que si alguna religión comprende la inmensidad de lo divino, es la católica, apostólica y romana, con su historia vasta, su estructura monumental, su capacidad para entrelazar lo espiritual con lo terrenal, lo místico con lo político. En cada cónclave, en cada concilio, en cada acto de la Iglesia se cuela la sombra del poder. La política y la religión, en el catolicismo, no son opuestas; son hermanas.
Por eso, el próximo Papa debería ser, en mi opinión, un hombre de un perfil distinto al actual. Admiro la sencillez de Francisco, su cercanía pastoral, pero los desafíos del mundo de hoy exigen algo más. La Iglesia enfrenta un contexto donde su rol geopolítico es crucial: la fragmentación cultural, la polarización ideológica y la tensión entre el globalismo y la identidad tradicional exigen una figura que no solo tenga carisma, sino que comprenda la importancia de la diplomacia y el equilibrio en un mundo convulso.
Enfrentamos un tiempo en que los valores de la Iglesia, especialmente la familia, están en crisis. La política identitaria y la exaltación del individuo han roto muchas de las estructuras que alguna vez parecían inquebrantables. En este contexto, necesitamos un Papa que, como Juan Pablo II, posea la energía y la claridad para enfrentar al mundo; un Papa que, como Benedicto XVI, entienda el valor de la doctrina y la necesidad de preservar la tradición sin sucumbir a la presión de la posmodernidad; un Papa que, como Pío XII, combine una profunda inteligencia teológica con una diplomacia fina y estratégica, capaz de mantener la firmeza doctrinal en tiempos de incertidumbre y de actuar con astucia en el complejo escenario geopolítico actual.
Ese Papa, al que me atrevo a imaginar como Juan Pablo III, debería tener entre 60 y 70 años, en la plenitud de su vigor, con una profunda formación teológica e intelectual, capaz de defender la tradición sin miedo a ir contra la corriente. Me vienen a la mente nombres como el de Péter Erdő, el cardenal húngaro, hombre de convicciones firmes y defensor incansable de la tradición. Robert Sarah, el guineano conocido por su firmeza doctrinal. Gerhard Ludwig Müller, alemán alineado con la visión de resistencia contra la agenda globalista. También está Luis Antonio Tagle, cuya habilidad para conectar con una Iglesia global y multicultural es innegable, aunque cabe preguntarse si su enfoque pastoral estaría a la altura del rigor doctrinal que este tiempo requiere. Finalmente, Matteo Maria Zuppi, quien aporta una empatía y una habilidad diplomática que podrían resultar valiosas para encontrar el equilibrio entre la inclusión y la ortodoxia.
Sin embargo, el cónclave podría darnos una sorpresa, como ha sucedido en el pasado con figuras inesperadas. Pierbattista Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, representa un perfil geopolítico crucial en un momento de tensiones en Medio Oriente y podría ser visto como un Papa de consenso. Mykola Bychok, joven cardenal ucraniano, encarna la resistencia de la Iglesia en una región en conflicto y enviaría un mensaje claro sobre la postura del Vaticano en el escenario global. Robert Francis Prevost, con su combinación de experiencia misionera y administración vaticana, podría ser una figura inesperada en caso de un cónclave trabado. Pietro Parolin, actual Secretario de Estado del Vaticano, tiene una vasta experiencia diplomática y podría representar la continuidad de la estabilidad vaticana en el ámbito internacional.
Como dice Harris en la novela, “no necesitamos una Iglesia que se mueva con el mundo, sino una Iglesia que mueva al mundo”. En tiempos como estos, hace falta un Papa que inspire y convoque, que posea la claridad para guiar y el carácter para resistir, que, como el buen cine o la buena literatura, sea capaz de transformar sin ceder en lo esencial.
