Vivir o el arte de resistir

El año concluye, y con él se cierra un capítulo más en la interminable novela de nuestras vidas. No es un simple cambio de fecha: es un momento de examen, de meditar sobre lo que hicimos y dejamos de hacer, sobre las victorias obtenidas y, sobre todo, sobre las derrotas que, querámoslo o no, nos han moldeado. Entre estos pensamientos, las palabras de Camilo José Cela nos desafían con su implacable verdad: “El que resiste gana. El error es tirar la toalla.”

Resistir, sin embargo, no es un eslogan fácil ni una postura cómoda. En un mundo obsesionado con la velocidad, donde lo inmediato se confunde con lo importante, la resistencia se vuelve una virtud subversiva. Resistir implica aceptar el fracaso no como un juicio final, sino como una etapa inevitable del proceso. Es asumir las caídas con la claridad de quien sabe que no se aprende en el éxito, sino en el fracaso; no se forja carácter en los aplausos, sino en los silencios tras la derrota.

La resistencia no es resignación. Es una forma activa de estar en el mundo, un desafío a la inercia de quienes, al primer tropiezo, optan por la retirada. Vivimos en una época que glorifica lo inmediato y castiga lo imperfecto, y precisamente por eso resistir es un acto de rebeldía. Resistir significa no aceptar que una derrota —por dolorosa que sea— nos defina, sino decidir que cada caída sea una herramienta de construcción.

Este 2024, como tantos otros años, nos ha golpeado sin piedad. Nos ha mostrado que la vida no es un terreno llano, sino un camino de ascensos y caídas, de logros momentáneos y desafíos interminables. Pero cada uno de esos desafíos nos ha ofrecido algo más grande que la comodidad del éxito: nos ha dado la oportunidad de aprender. Aprender a observar el fracaso sin dramatismo, a comprender que en cada caída hay un germen de crecimiento.

La verdadera tragedia no es el fracaso, sino la renuncia. Tirar la toalla no es solo abandonar un proyecto o un sueño, es renunciar a nosotros mismos, a la posibilidad de ser mejores. Cela tenía razón: el error no está en caer, sino en quedarse abajo, en no reconocer que cada tropiezo lleva implícita una invitación a resistir. Porque la resistencia no solo nos lleva a la victoria externa; nos transforma, nos eleva, nos convierte en algo más fuerte, más sabio, más humano.

En la política, en el arte, en la vida misma, los que resisten son los que quedan en la historia. La resistencia de Winston Churchill ante el abismo de la guerra; la obstinación de Kafka al escribir en la oscuridad de su insatisfacción; la perseverancia de José Francisco Peña Gómez, quien, a pesar de no alcanzar la presidencia, se convirtió en símbolo de lucha. Resistir no garantiza el triunfo convencional, pero asegura algo más valioso: la dignidad de haberlo intentado todo.

Este es el legado que debemos llevarnos al 2025. No hay certeza de que será un año mejor. La vida no promete facilidades, pero sí ofrece opciones: resistir o rendirse. La rendición es siempre una opción fácil, tentadora en su promesa de alivio inmediato. Pero quien opta por resistir sabe que el alivio momentáneo de la rendición nunca compensa el peso del arrepentimiento que deja atrás.

Mientras cerramos este ciclo, resistamos. No como una consigna, sino como un principio de vida. Resistir significa enfrentarse al futuro con la conciencia de que lo peor no nos ha quebrado, que seguimos de pie, no porque no hayamos caído, sino porque siempre nos hemos levantado. Esa es la única victoria que importa al final del camino: la victoria sobre nosotros mismos.

Dejemos, pues, que 2024 nos enseñe su última lección: las cicatrices son testigos de que hemos vivido y luchado. Las caídas, si se afrontan con lucidez, no son más que capítulos pendientes de resolver. Que el próximo año sea lo que tenga que ser. Aquí estaremos, resistiendo. Porque, como dijo Cela, “El que resiste gana.”

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