El loco de Dios y su misión.

En El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas no narra un viaje; ensaya una inquietud. Acompaña al Papa Francisco en su visita a Mongolia, un lugar remoto, simbólicamente fuera del mapa, y desde allí lanza —una y otra vez, a todos los que encuentra— una pregunta que es teológica, emocional, íntima y brutalmente humana:
¿Es posible la resurrección de la carne y la vida eterna? ¿Existe un lugar en el que nos reencontremos con quienes amamos y hemos perdido?

Se la formula a monjas y sacerdotes, a cardenales cercanos al Papa, a misioneros en el desierto y al propio Francisco, cuya respuesta no se revela sino al final. El libro entero es una búsqueda envuelta en descreimiento. Cercas, ateo declarado, no pretende simular fe, pero tampoco renuncia a la necesidad de esperanza. No cree en Dios, pero se resiste a aceptar el absurdo de que la muerte sea lo último.

Lo que vuelve poderoso este libro no es lo que afirma, sino lo que se atreve a preguntar. Y lo que lo hace inquietante, al menos para los creyentes, es lo que revela —sin proponérselo— sobre el estado actual del discurso católico. En el entorno papal que retrata Cercas, abundan las palabras sobre inclusión, apertura, diálogo, sensibilidad pastoral… pero escasean las referencias directas a lo esencial: el alma, el juicio, la resurrección, el Cielo.

El Papa Francisco aparece como un líder simpático, político, global, que habla de los pobres y de la paz, pero con una fe que se expresa más en gestos que en afirmaciones. Y es ahí donde, sin buscarlo, el libro plantea una crítica profunda: si el Papa no anuncia con fuerza la promesa de la vida eterna, ¿quién lo hará?

El riesgo no es solo pastoral, sino espiritual. Porque una Iglesia que teme hablar del más allá termina atrapada en los consensos del presente. Y la fe cristiana no es una ética humanista con incienso: es la certeza radical de que el amor de Dios vence a la muerte, de que seremos resucitados, y de que volveremos a ver a los que amamos.

Cercas, con honestidad intelectual, no descarta esa posibilidad. No se burla. No relativiza. Escucha. Pregunta. Persiste. Y en ese gesto se vuelve más cercano a la fe que muchos que se afirman creyentes sin hacerse ya esa pregunta incómoda: ¿lo creemos de verdad?

El libro se publica justo cuando termina el pontificado de Francisco y comienza el de León XIV. El nuevo Papa aún no ha hablado mucho, pero hay en el aire una expectativa: que devuelva a la Iglesia el lenguaje claro del Evangelio, la centralidad de lo escatológico, y el coraje de anunciar lo invisible con convicción. Que no rehúya la promesa de la vida eterna, sino que la proclame como el centro mismo del mensaje cristiano.

La fe no es solo consuelo: es misión. Y como Salomón, el creyente no pide éxito ni alivio, sino sabiduría, coraje y templanza. Para cumplir la tarea que le fue dada, desde el milagro de la vida hasta el misterio de la muerte.

Por eso el verdadero creyente no espera recompensa. Obedece. Y si, al final, Dios lo permite, se reencuentra. Y ese reencuentro —no otra cosa— es la resurrección de la carne.
Y ese anhelo —no otra cosa— es la paz que solo la fe puede ofrecer.

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