Como en una ópera bien orquestada, la política es una danza entre la ambición, el poder y la tragedia. La obra Rigoletto de Giuseppe Verdi que, orientado por Janet Camilo, presencié recientemente en el Met de Nueva York, me reveló una verdad profunda: el poder, como un veneno sutil, puede nublar la razón y consumir al alma. Esta historia de traiciones, maldiciones y sacrificios es una metáfora perfecta para comprender los desafíos que enfrenta el político cuando alcanza las cumbres del poder. Al igual que Rigoletto, cada político es tentado por sus ambiciones, y es en la sabia administración de estas donde radica su capacidad para evitar que aquello que anhela termine por destruirlo.
Rigoletto es el bufón de la corte del Duque de Mantua, un hombre cínico que disfruta del poder prestado, creyéndose a salvo de las consecuencias de sus actos. Sin embargo, la maldición de un padre agraviado —un presagio que él inicialmente desestima— se convierte en el hilo conductor de su tragedia. Como el bufón, muchos políticos se desenvuelven en el escenario del poder creyendo que pueden controlar cada movimiento, cada intriga, cada decisión. Sin embargo, el poder es traicionero, y sus vaivenes son implacables. En política, la arrogancia es la primera trampa; la certeza de que se tiene todo bajo control es la antesala de la caída.
Todo político debe ser consciente de que el poder no es una propiedad personal, sino un préstamo temporal de la historia, del pueblo y de las circunstancias. Las victorias y los privilegios que vienen con él no son garantías eternas; son efímeros como los aplausos al final de una función. Administrar esta realidad con humildad es un acto de virtud indispensable para quien desea mantenerse en la cima sin ser devorado por la ambición.
En Rigoletto, el personaje principal anhela proteger lo único puro en su vida: su hija Gilda. Sin embargo, su obsesión por aislarla del mundo termina propiciando el desastre. Esta obsesión refleja el mismo dilema que enfrenta todo político cuando el poder se convierte en un fin en sí mismo. La ambición, cuando no es regulada por la virtud y la reflexión, se convierte en una trampa mortal. ¿Cuántos líderes, cegados por sus deseos de grandeza, terminan destruyendo aquello que juraron proteger? La historia nos ofrece innumerables ejemplos de gobernantes que, al intentar preservar su poder o ampliar su influencia, terminan por destruir su legado.
Como Rigoletto, un político puede querer hacer lo correcto y, sin embargo, ser arrastrado por las corrientes de sus propias decisiones mal calibradas. Un deseo desmedido de perpetuar el poder puede llevar a la traición de los ideales iniciales y, al final, a la ruina. En este sentido, la política exige una administración sobria de las ambiciones: reconocer que el poder es un medio, no un fin, y que la verdadera grandeza no radica en acumular poder, sino en utilizarlo con sabiduría y responsabilidad.
El Duque de Mantua, con su estilo libertino y despreocupado, representa la tentación constante del poder sin límites. Vive al día, sin preocuparse por las consecuencias de sus actos. Su desprecio por los demás no es más que una forma de arrogancia que, tarde o temprano, pasa factura. En la política, los vaivenes del poder son inevitables. El líder que hoy se encuentra en la cúspide puede encontrarse mañana en el exilio del olvido. La clave para sobrevivir a estos cambios reside en la capacidad de desapego, en la virtud de reconocer que el poder no define a quien lo ostenta.
Para el político moderno, aprender a gobernar con moderación, alejándose de las tentaciones del poder absoluto, es un acto de madurez. La verdadera virtud no radica en cuánto poder se posee, sino en cómo se administra. Un político virtuoso es aquel que entiende que gobernar es servir, y que la grandeza reside en dejar un legado de estabilidad y bienestar, más allá de la propia ambición personal.
En Rigoletto, la tragedia culmina con el sacrificio de Gilda, quien da su vida para salvar a su amado, el mismo Duque que representa todo lo que su padre desprecia. Este sacrificio, aunque doloroso, es un recordatorio de que en la política, como en la vida, el éxito no siempre se mide en victorias visibles. A veces, el mayor triunfo de un político es saber retirarse a tiempo, cediendo espacio para que otros continúen la obra.
El poder, como la música en una ópera, es solo una parte de una melodía más grande. El político que aprende a interpretar su papel con modestia, sabiendo cuándo entrar y cuándo retirarse, es aquel que deja una huella imperecedera. Al igual que en Rigoletto, la vida política es un acto trágico y sublime, donde las ambiciones deben ser templadas por la razón, y el poder administrado con la sabiduría del desapego.
Rigoletto nos recuerda que el poder, al igual que las emociones humanas, es volátil y engañoso. El político que no desarrolla la virtud del desapego y la moderación en sus ambiciones está condenado a repetir la tragedia del bufón: perder aquello que más aprecia por haber deseado demasiado. La lección final de esta ópera es clara: el poder, como la vida misma, es fugaz, y solo quienes lo administran con sobriedad pueden evitar que termine por consumirlos.
El político sabio es aquel que, al igual que un buen intérprete de Verdi, sabe que cada acto tiene un final y que, más importante que el aplauso del público, es la serenidad con la que se baja el telón.
