DERECHO AL SILENCIO.

Vivimos en un mundo donde la libertad de expresión, en su forma más pura, es exaltada como uno de los derechos humanos esenciales, un pilar en la estructura de cualquier democracia moderna. En el papel, es una promesa hermosa: la posibilidad de compartir ideas, cuestionar el poder, explorar pensamientos diversos y expresar puntos de vista dispares. Sin embargo, al caminar por el sendero de la libertad de expresión, uno se asoma, muchas veces, a barrancos de estupidez, estulticia y cretinismo. La misma libertad que debería ser un puente hacia la inteligencia y el sentido común parece, a veces, abrir puertas hacia el ruido, el despropósito y la insensatez.

Resulta paradójico que en el «país» de la libertad de expresión, donde debería florecer la razón, abunden esos abismos donde ideas vacuas y opiniones irresponsables proliferan. Es inevitable preguntarse si todas las voces, en realidad, están equipadas para el ejercicio de la libre expresión. ¿Qué pasa cuando quienes no comprenden la naturaleza de este derecho terminan usándolo como un garrote contra la inteligencia y el sentido común? En este ejercicio, la libertad de expresión suele naufragar en un océano de superficialidades, distorsionada, prostituida por quienes confunden su derecho a opinar con la licencia de decir cualquier cosa sobre cualquier tema, sin importar si tienen el conocimiento o la relevancia necesaria para hacerlo.

El problema radica en que la libertad de expresión, como término, puede llegar a ser confusa. Quizás hemos cometido un error fundamental al llamar a este derecho “libertad de expresión”. Tal vez deberíamos haberlo denominado de otro modo, algo que incluyera, desde el principio, la capacidad y el derecho a callar. Porque el silencio, en una sociedad democrática y plural, es también una manifestación legítima de la libertad. No es necesario opinar sobre todo, y no es inteligente hacerlo cuando no se tiene el conocimiento o la comprensión de un tema.

Si, en vez de elevar a la libertad de expresión como derecho absoluto, hubiésemos promovido un concepto más equilibrado —la “libertad de quedarse callado cuando uno desconoce un tema”—, probablemente habríamos evitado o minimizado los estragos de la estulticia pública. Es claro que el derecho a hablar libremente es vital, pero debe ir acompañado de un sentido de responsabilidad y de humildad intelectual. En este sentido, hablar debería ser un acto bien pensado, una contribución genuina, y no una simple manifestación del ego. La libertad de quedarse callado, de no entrometerse en discusiones donde la ignorancia abunda, debería ser tan valiosa como la capacidad de expresar ideas.

Miremos hacia los grandes pensadores de la historia. ¿Acaso hubieran sido tan sabios si hubiesen hablado de todo, sin pausa, sobre temas que no dominaban? En el silencio hay sabiduría, en la pausa hay reflexión. Y en la capacidad de callar reside una virtud que, en tiempos de vorágine informativa y redes sociales, parece haberse perdido. El ruido constante ha inundado la esfera pública; todo el mundo parece obligado a opinar, a tener una postura, a gritar sus ideas —sean fundadas o no— como si el simple hecho de hablar otorgara algún tipo de autoridad o prestigio.

Imaginemos un mundo donde el derecho al silencio fuese tan celebrado como el derecho a hablar. Un mundo donde los “cretinos de turno”, antes de soltar disparates, se vieran tentados a reivindicar su derecho a no decir nada sobre lo que desconocen o lo que no les compete. Una sociedad donde el silencio no se confundiera con la censura, sino que fuera entendido como una manifestación de respeto hacia uno mismo y hacia el colectivo. En lugar de opinar sobre temas de los que nada saben, los charlatanes se quedarían callados, ejerciendo así una forma más pura, y quizá más sabia, de libertad.

La isla de la libertad de expresión no debería estar poblada por quienes la instrumentalizan para decir cosas vacías y absurdas, sino por quienes realmente valoran el conocimiento, la racionalidad y el sentido común. Al fin y al cabo, la expresión de las ideas debe ser un acto que enriquezca el diálogo social, no que lo degrade. Es momento de reconocer que el silencio, cuando es voluntario y reflexivo, también es una forma de sabiduría. Así, quizás algún día, en ese país ideal, todos comprenderán que la libertad de no decir nada es tan legítima como la libertad de hablar.

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