¿Y SI DIOS CREÓ EL BIG BANG?

En el vasto escenario de la existencia humana, el interrogante “¿quién soy?” parece, si no superado, al menos relegado a un segundo plano. Hoy, en cambio, nos enfrentamos a una pregunta que bien podría definir nuestra era: “¿Dios existe?”. Nos encontramos ante una encrucijada filosófica marcada por el choque entre la visión de un mundo diseñado por un gran Creador y la perspectiva de que la vida es el producto de fuerzas naturales —el Big Bang, la evolución, el azar. ¿Pero es posible que la respuesta esté en algún punto intermedio? ¿Podría ser que el Big Bang haya sido la chispa inicial, intencionada y precisa, de una voluntad divina?

Este es el gran dilema de nuestros tiempos, y el debate se intensifica con los avances vertiginosos de la ciencia. La inteligencia artificial, la robótica, la exploración espacial, y la promesa de vencer la mortalidad trastocan no solo el concepto de humanidad, sino el sentido mismo de la fe. Nos encontramos en un momento histórico en el que la tecnología ha tomado un rol que hace siglos estaba reservado a Dios, permitiendo que el ser humano no solo entienda, sino modifique, incluso desafíe, los límites de la vida y la muerte. Vivimos en una era que parece estar a un paso de la inmortalidad —una inmortalidad que antes solo existía como promesa en las páginas de las escrituras sagradas.

La ciencia ha sido la gran fuerza subversiva que ha empujado esta transformación. El Big Bang, esa explosión cósmica que supuestamente dio origen al universo hace unos catorce mil millones de años, desafía la idea de una creación divina tradicional. Y, sin embargo, no ofrece respuestas definitivas: la teoría nos muestra cómo podría haber comenzado todo, pero deja en el aire el “por qué”. Aquí radica el conflicto filosófico entre fe y ciencia. La ciencia nos puede describir cómo las partículas se separaron, cómo se formaron las galaxias, los planetas y, eventualmente, la vida. Pero no puede ofrecernos una razón. ¿Por qué hubo algo en lugar de nada?

Para algunos, esto es evidencia de la existencia de Dios: una fuerza misteriosa, intangible, que permanece oculta en el acto original de creación. Para otros, simplemente añade otra capa de incertidumbre a nuestra comprensión del cosmos. Pero el debate no se resuelve en un laboratorio ni en un templo; se juega en el campo de la fe o la ausencia de ella. La ciencia, al fin y al cabo, también demanda fe. La teoría del Big Bang, aunque respaldada por observaciones y ecuaciones, es en último término una construcción que se erige sobre un modelo de probabilidades y supuestos que, sin pruebas definitivas, exige una especie de “creer en lo incomprobable”, igual que las religiones. Al final, tanto los creyentes en un Dios como los que confían en el Big Bang deben aceptar lo intangible.

Y mientras la ciencia explora los límites del universo, la idea de Dios sigue viva, reformulándose en una sociedad que oscila entre el escepticismo y el asombro. Imaginemos, por ejemplo, un mundo en el que la humanidad lograra vencer la muerte, transformando la inmortalidad en una realidad tangible. ¿Cuál sería el papel de Dios en una existencia donde la muerte, el gran misterio y fuente de sentido para muchas religiones, ha sido eliminada? La inmortalidad, que antaño era el premio prometido en las religiones monoteístas, podría convertirse en una bendición, o quizás en una carga que lleva al hombre al borde de la locura. La fe en una vida eterna, que antes se sustentaba en la muerte, se tornaría en algo hueco, quizá absurdo, frente a una existencia sin fin.

Pero ¿y si el escenario fuera el opuesto? ¿Si la civilización fuera devastada por un desastre global, dejando a unos pocos para repoblar un planeta moribundo? La fe en un creador podría renacer entre los escombros, como una necesidad para dotar de sentido a la tragedia humana. En un mundo desolado, quizá los sobrevivientes buscarían en Dios el consuelo que la ciencia les habría arrebatado.

En última instancia, la pregunta sobre la existencia de Dios no solo se refiere al origen del universo, sino al anhelo humano de sentido. “¿Y si Dios creó el Big Bang?” es una interrogante que no solo busca entender cómo surgió todo, sino por qué nos empeñamos en creer. Quizás en esta búsqueda infinita por comprender lo incomprensible, en esta capacidad de cuestionar la naturaleza misma de la existencia, reside la más palpable prueba de lo divino: que somos criaturas tan limitadas como audaces, criaturas que, en su pequeño rincón del cosmos, insisten en preguntar.

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